Las cuatro calles de Delhi

Vista desde el cielo, es decir, desde Google Maps, Delhi es una ciudad inmensa, una tela de araña de calles y avenidas que cuelgan por el lado oeste de un río, el Yamuna. En esa maraña de intrincadas arterias apenas puede distinguirse entre el gris de las edificaciones y el gris de explanada semidesértica en la que la instalaron tantos pueblos que ha sido destruida y reconstruida ocho veces. Delhi, la capital de la india, tiene 18,98 millones de habitantes. La imaginaba asfixiante, ruidosa, caótica, descontrolada, uno de esos lugares donde solo estás el tiempo suficiente para salir corriendo a otro lugar más benévolo. Pero esto solo es así si tú quieres, porque Delhi, en realidad, es tan grande, o tan pequeña, como la vida que lleves.

Para la mayoría de los indios Delhi es solo un puñado de calles. En mi caso, una vivienda pequeña, tres pisos con terrazas, escaleras, dos patios y muchas estancias, en las que se acumulan estudiantes, jóvenes trabajadores de padres adinerados y un par de cooperantes occidentales más bien despistados. La casa da a una calle estrecha hecha de cemento y arena. Los edificios, a ambos lados, un par de pisos más altos que el mío, acentúan esa sensación de calle pequeña y estrecha y aumentan la impresión de ser una vía de poca importancia. En efecto, se trata de una callejuela por la que apenas pasa nunca nadie y en la que en realidad no hay nada importante: un pequeño parque ovalado por el que un hombre con turbante pasea a su perro y dos o tres mujeres caminan para hacer ejercicio, y un tenderete de cuatro palos en el que un indio de unos cuarenta años regenta un sencillo negocio de planchado de ropa. A veces me paro a mirarlo, observo cómo enciende un fueguecillo que degenera en brasas en las que calienta una plancha enorme, de hierro, como las de hace dos siglos, que más que una plancha lo que parece es un yunque.

La calle, si giro a la derecha, da a otra calle solo un poco más grande, pero sí mucho más importante, en el que el trajín de gente ya es considerable porque está llena de tienduchas, kioscos de chucherías y tabaco, puestos ambulantes de chai y galletas, carritos de fruta y verdura, almacenes de electrodomésticos, tiendas de repuestos de coches, un sanatorio de dolores de hueso en el que aseguran curarlo casi todo con yoga y tres restaurantes de comida rápida. Uno de ellos, el más grande, es de comida pubjabi, o sea, de la región del Pubjab, que es de donde vienen los sikh, que son esos que van con turbante, y es de los sitios más picantes y grasientos y por lo tanto de los más deliciosos. Compro allí tan a menudo que han empezado a conocerme, y cuando paso por delante esbozan una especie de sonrisa tenue, algo así como un dolor de muelas que dura lo que tardan en mirar a otra parte.

Si sigo girando a la derecha llego la vía principal, Market Rd., que conduce al mercado central de Lajpat Nagar, que es el nombre del barrio. Nagar, si lo he comprendido bien, significa “aglomeración”, entendido como “sitio en donde vive la gente”, y Lajpat imagino que será su nombre. Así pues, vivo en la Aglomeración de Lajpat, un lugar como otros cientos (o miles) que hay repartidos por toda Delhi. La avenida principal es enorme, ancha, muy larga y polvorienta, porque por supuesto no está asfaltada. Si paseas de noche en invierno hace tanto frío y tanta niebla que los indios van tapados con mantas y parece una película de zombies. En cualquier otra época del año, salvo tres o cuatro semanas entre febrero y marzo, el calor es asfixiante, y tan seco que parece que la piel se cuartee y te vayas a convertir en una estatua de arena. En esta avenida hay tiendas inmensas: ropa de levis, zapatos de adidas, pantalones sin marca pero de estilo moderno, algunas tiendas de sarees (bastante cutres, por cierto), tecnología y teléfonos móviles y varios negocios de joyas.

Aún no has recorrido ni la mitad de la avenida y llegas al corazón del mercado, una especie de zoco de tiendas, tienduchas y tenderetes de ropa y artículos de la vida diaria que discurre entre perfumes de frito y especias de por la mañana y de vapores de incienso, cardamomo y menta de cuando el sol empieza a caer. Entonces, las calles y las avenidas se quedan calladas, casi solitarias. Unos cuantos fuegos ofrecen pollo aliñado, maíz a la brasa, boniato con especias y muchas delicias cocidas al tandoori.

Para la mayoría de los habitantes de Delhi, la ciudad se resume a esto: cuatro calles mal contadas. Mi casa, mi barrio, las calles en las que compro comida, los pequeños templos que a veces visito, son siempre los mismos, porque todos (o casi) los barrios son iguales, o si no, tan parecidos que, si no vives por aquí, cuesta distinguirlos.

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